Epístola (pues estoy furiosamente enamorada)

 Querido _____,

Otra vez me encuentro escribiéndote una carta que sé que nunca te voy a mandar. Mi amor hacia ti ha dejado de ser puro; la inocencia y novedad que lo caracterizaban se han tornado en un poco de resentimiento y recelo. Pues no puedo evitar pensar en que te amo, en que tú no me amas y en que, aun así, permites que yo lo haga. La soledad de la temporada y el ajetreo de alejarse de la vida diaria me han hecho darme cuenta de la herida en mi corazón que ha dejado el amor que te doy.  Hace bastante tiempo, cuando apenas y me daba cuenta de tu mirada y antes de encontrar la paz, reflexionaba que mi corazón probablemente se sentía tan dividido porque daba amor y no recibía ninguno a cambio. Tiempo después aprendí que quien ama nunca pierde. Y aunque creo que es cierto y es algo que me repito a diario, ya no encuentro la paz. Solía encontrar la paz ante tanta incertidumbre al ponernos en manos de Dios. Sin embargo, hoy el pensar en los dos juntos me da asco; me  repele la idea de tener certeza ante un futuro contigo. Pienso en eso y solo veo desastre, ni siquiera pienso en la pasión juvenil que cierto tipo de amor suele evocar, rehuyo a todos los eventos que se generarían si tú y yo acabáramos juntos. 

Y aun así te quiero tanto. Y ni siquiera pienso en tenerte, creo que mi corazón por fin lo ha aceptado. El recuerdo de ese anhelo es suave en mi corazón, esa tierna idea de nosotros dos, lo lindo que sería ese amor. Sin embargo, todo eso es una ilusión, la cual, supongo, creó mi corazón para reconformarme del tierno amor que te doy. Quien ama nunca pierde. Ay, _____, y pensar que la idea de no tenerte llegó a darme paz, la idea de que amar nunca está de sobra, pues ahí siempre hay bondad. Mi corazón ha caído en una melancolía que solo entenderían aquellos a quienes la soledad les ha acompañado toda la vida. La soledad acompaña como una sombra, la cual desaparece con poca luz, pero regresa con amplia tristeza en días como estos. Paso mis días pensando inconscientemente en ti. Esa tristeza de que no me quieres, de que no me volteas a ver, inunda mi cabeza todo el tiempo. Paso mi tiempo leyendo hasta quedarme dormida pensando en ti. Mi cama se volverá pesada de tanto retener pensamientos de ti. No hablarte, no verte, no tenerte. Qué tortura. La incertidumbre de no saber lo que piensas, quién eres, qué piensas de mí. El saber si eres inocente o un cruel culpable que se aprovechó al hacerme reír. Si sabes o no sabes que me muero por ti. ¿Me quieres aunque sea un leve? ¿Habrá veces en las que pienses en mí? 

Aguantarme las ganas de escribirte cada segundo. El no abrazarte cuando te tengo enfrente. Mi voluntad se ha vuelto sumamente resistente. Y es que tenerte a medias, hablarte, escribirte me estaba matando. Estar entre lo uno y lo otro, entre Dios y la nada. Ser la amiguita, contarte todo y que tú me cuentes nada. Abrirme, desgarrarme, desangrarme, solo para que notes mi mirada. 

Te he llorado. ¡Cuántas veces te he llorado! Deberías sentirte especial porque lo que te he dado a ti es algo que no le he dado a nadie y no le daré a nadie más. Fuiste el primero a quien tuve la fortuna de amar. Y quienes sigan ya no tendrán esta joven novedad. Quiero decirte adiós, pero no puedo. Quiero no volver a verte, mas la verdad, me niego a perderte. Dime adiós, por favor. Mátame para siempre. Dime que lo has sabido siempre. Admite que eres cruel, que estás solo y que por eso me buscas para no tenerme.

Y lo peor de todo es que aunque escriba con tristeza, con enojo, con un sentimiento de querer olvidarlo todo. Sé que cuando te vuelva a ver, quemaré esta carta, mi corazón se postrará a tus pies y recordaré que amarte me hace perder nada. 







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